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martes, 4 de noviembre de 2014

Héctor Manrique desnuda a Edmundo Chirinos


Basado en el libro de la periodista Ibéyise Pacheco, el montaje es codirigido por Pedro Castillo Borgo.

Karla Franceschi / El Nacional.

Edmundo Chirinos fue por muchos años un miembro notable de la intelectualidad venezolana: rector de la UCV, candidato presidencial, constituyentista y psiquiatra de tres jefes de Estado. Tuvo una carrera exitosa y respetable hasta 2008, año en el que se descubrió que había matado a Roxana Vargas y que había abusado sexualmente de otras 14 pacientes. Pero un sociópata no escala tan alto gratuitamente.

Héctor Manrique, que interpreta al médico en la obra Sangre en el diván y cuya familia mantuvo una cercana relación de amistad con este personaje, considera que además fue un seductor. Una figura que, en su delirio, puso en tela de juicio los valores de la sociedad venezolana y reveló su capacidad de convertirse, quizás de manera inconsciente, en cómplice de líderes cuestionables. Un psiquiatra que se confesó obsesionado con la locura y la muerte.

“No lo hago para evangelizar sino para llamar la atención sobre nuestras patologías como sociedad. Desde un punto de vista su vida puede ser aleccionadora. Uno se da cuenta de que su entorno no lo ayudó. Sospecho que no le dieron un parado y nunca le dijeron: ‘Eso es mentira, eso no es así’. Más bien, muchos lo celebraban e incluso hasta se divertían. ¿Cómo podemos convertirnos en testigos de la creación de un monstruo?”, se cuestionó el actor.

La pieza es una adaptación del capítulo “El delirio” del libro Sangre en el diván, escrito por la periodista Ibéyise Pacheco. En esta parte, el psiquiatra narra su vida, de manera grandilocuente y disparatada, en primera persona.

“Cuando terminé de leer ese capítulo pensé que debía ser trabajado. Me pareció teatral por la manera extraordinaria en la que él contó su vida, de forma delirante, lo que demuestra claramente que no era una persona normal. Desde ese instante me interesó”, revela el también director de la obra.

Manrique presenta a un Chirinos frágil en su desnudez, pero nunca desvalido. Mientras lo viste, paradójicamente lo muestra en toda su megalomanía. La escenografía, que simula a un consultorio psiquiátrico completamente blanco, es pulcra, perturbadora y angustiante.

El intérprete señala que la amistad de sus padres con el psiquiatra no le generó dilema alguno. Al contrario, fue precisamente ese vínculo el que lo motivó a montar la pieza, codirigida por Pedro Castillo Borgo.

“Desde el punto de vista de la ética pública me dio mayor valor. A mi madre, que ya falleció y que nunca le dio crédito a lo que había pasado, le llamaban la atención los motivos que yo tenía para hacerlo. Pero hay que sobreponerse a las afectividades y decir ‘lo hago’. Ha sido un proceso complejo, desgastante física y psicológicamente, pero esa es la paradoja del oficio del actor: mientras más sufres con un personaje, más lo disfrutas”, afirmó Manrique.


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